El mañana no existe

Dicen que el tiempo vuela. Lástima que nosotros no. Estamos aquí, viendo cómo pasa, como invitados a una fiesta a la que no nos han invitado de verdad.
Aroa soltó la típica frase: «Es que no me da la vida». La dijo con la simpleza de una verdad cotidiana que, sin embargo, pesa lo suyo. Algunos de sus compañeros asintieron, con esa resignación precoz que a veces se cruza en sus miradas, como si ya supieran de qué va la movida. En sus caras se veía esa impaciencia, esa punzada de sentir el tiempo como una corriente que corre demasiado, llevándose los instantes casi sin dejarlos ser. Esa queja se quedó ahí, flotando en el aire. Y fue justo en ese instante donde empecé a darle vueltas a esto del tiempo. Porque si no entendemos esta vaina que nos roba los minutos, ¿cómo coño vamos a hacer que esos minutos valgan la pena?
El tiempo, nenes. Ya veis. Parece una chorrada, algo que todos creemos entender, pero cuando uno intenta explicarlo, la cosa se lía. Fluye, dicen, como un río invisible que lo atraviesa todo. Lo partimos en horas, minutos, segundos, como si al dividirlo pudiéramos controlarlo, marcando con relojes dónde estamos en esta secuencia vital. Sin embargo, tú y yo sabemos que el tiempo, cómo lo sentimos, va mucho más allá del simple tic-tac de las agujas.
Leer estas líneas te llevará unos minutos. Tú lo consumes en tu presente, un presente que es distinto al mío, porque lo escribí quizás hace días. Pero de alguna manera, estas palabras nos conectan a través de diferentes instantes. Las ideas se suceden, una tras otra, pero ¿qué es exactamente lo que hace que sintamos este preciso momento de lectura como el «ahora»? ¿Es tu percepción del ahora, mientras lees, la misma que mi conciencia del ahora mientras escribía? ¿Se mide esta movida o es puro rollo mental?
Antes, gente como los mayas, los egipcios o los de Babilonia veían el tiempo como un círculo que no terminaba nunca, una rueda giratoria. Se fijaban en las estaciones que volvían, en el péndulo que siempre seguía su ritmo, en la luna y sus fases. Para ellos, el tiempo no era una línea recta con un principio y un final, sino más bien una repetición constante, un ciclo del que quizás había que buscar la manera de salirse. Luego llegó la Biblia y la cosa se puso más lineal: un inicio con Dios creando todo y un final con el juicio. San Agustín hablaba del tiempo como ese pasar continuo de un pasado que ya no existe a un presente que se nos escapa hacia un futuro que aún no es. El tiempo como una especie de hilo que une lo que recordamos con lo que todavía esperamos. Ahí es donde entra nuestra propia manera de sentirlo, lo subjetivo.
Y si San Agustín nos metía el tiempo en la cabeza, luego está Kant, (sí, el puto alemán que amarga la existencia en clase con tanto comentario de texto), quien en su Crítica de la razón pura hablaba del tiempo y el espacio no como conceptos en sí mismos, sino como formas puras a priori de nuestra sensibilidad. O sea, no es algo que aprendemos del mundo, sino una estructura fundamental de cómo cojones percibimos cualquier experiencia. Para Kant, tiempo y espacio son los marcos necesarios para que nuestros sentidos capten la realidad.
También podríamos hablar de Newton (sí, al que le cayó la jodida manzana en la cabeza), quien tenía una visión que chocaba a lo bestia con esa idea de un tiempo relativo. Él defendía un tiempo objetivo y absoluto, que fluía uniforme sin que nada lo tocara. Para Newton, el tiempo se medía objetivamente porque se refería a ese tiempo total. Dividirlo en pasado, presente y futuro era cosa del que miraba, pero el espacio y el tiempo siempre van juntos, porque al hablar de movidas temporales, siempre hay un espacio donde ocurren. Pero la física del siglo XX, con la electricidad y demás rollos, cambió la película. Einstein, con su famosa teoría de la relatividad, propuso que ese tiempo absoluto era una mierda. El tiempo relativo (anti-Newton) se basa en que no podemos pillar dos cosas a la vez si las vemos desde distintos puntos. Una hora solo tiene sentido si dices desde dónde la miras. Para Einstein, hablar de tiempo es hablar de cosas que pasan juntas. Decir que un tren llega a las cinco es como decir que la aguja en el cinco y el tren llegando son simultáneos. Pero esa simultaneidad no es más que un puto truco.
Recordemos a Vasco de Gama dando la vuelta al mundo. Al volver hubo movida con los días que había durado el viaje. No era lo mismo contarlo desde el barco moviéndose que desde Londres, quedándose quietos. El marinero contaba noventa días, y los del puerto ochenta y ocho. Y lo mejor es que todos tenían su parte de razón. No hay un tiempo universal que sea único para todos. Algo que Einstein (volviendo a su relatividad) trataba de explicar diciendo que el tiempo no es absoluto, sino relativo y subjetivo. Que se puede cambiar, vaya. Según Einstein, flotamos en el tiempo, pero solo hacia adelante. La velocidad depende de la gravedad y de lo rápido que vayas. Cuanto más rápido y con más gravedad, más lento te mueves por el tiempo.
En esa línea de la relatividad y la mente, también podríamos meter a Bergson (un filósofo menos coñazo que Kant) que también le daba vueltas al temita. Decía que nuestra mente fabrica, corta y pega trozos conocidos en este río temporal para actuar mejor. El tiempo como duración es movimiento y la vida se renueva constantemente. Es decir, no ve la vida y el tiempo vivido como algo estático, sino como un flujo constante donde cada momento se suma al anterior, transformándolo. Definía el tiempo como eso que impide que las cosas nos vengan de golpe. Los humanos vivimos en el tiempo y sentimos la duración. Heidegger ya decía que somos seres temporales y que con nuestras gafas humanas vemos el tiempo como una flecha o un río. Pero, joder, no es tan fácil. Con los relojes (creados allá por el s. XIV), el tiempo dejó de ser tan abstracto. El reloj no mide el tiempo, solo enseña su paso constante, para que dividamos la vida en trozos. Ahí sí queda bastante claro: tiempo y espacio van de la mano. El espacio se toca, el tiempo no. Entonces, ¿es el tiempo un invento nuestro? ¿Una dimensión? ¿Pasa el tiempo o pasamos nosotros como en una barca?
O sea, que según la física, toda la movida del pasado, el presente y el futuro ya está ahí, ocurriendo. No hay un «ahora» que sea más importante que otro. De hecho, para la física pura, ni siquiera existe una diferencia clara entre lo que ya fue y lo que será. Y aquí algunos hablan de la entropía, un concepto de la termodinámica que nos explica cómo todo tiende al puto desorden. El pasado suele ser más ordenado, y el futuro… bueno, más caótico, como cuando se te quema una tostada, no vuelve a su estado inicial por arte de magia. Pero ojo, que esto no prueba que el tiempo vaya en una dirección concreta, solo describe cómo suelen pasar las cosas a nivel estadístico. La entropía nos da una pista para entender la física del tiempo: esa tendencia inevitable al caos. Así que el tiempo sería como un viaje del orden al desmadre, algo más complejo que un simple río, y totalmente subjetivo. Cada uno vive su propia película temporal, su propio ahora.
Porque aunque nosotros sintamos que el tiempo es una flecha que va hacia adelante, las leyes fundamentales de la física no tienen esa dirección marcada. Para nosotros sí que importa esa flecha, porque nuestro cerebro funciona así, marcando un antes y un después. Estudiar el tiempo, desde nuestra perspectiva humana, es intentar entender qué coño es este presente en el que estamos metidos. Pero para la física, esa distinción entre presente, pasado y futuro no tiene mucho sentido. Es como escuchar una canción. Una nota suelta no tiene mucho sentido, pero si recuerdas las anteriores y le das un orden, es una melodía. Es decir, una nota sola no vale mucho si no la conectas con las demás. Así curra nuestro cerebro con el tiempo. El «paso del tiempo» es cómo nuestro cerebro relaciona cosas que pasan a la vez. Una especie de máquina temporal que analiza la entropía y pilla rastros de un pasado más ordenado para crear recuerdos y pensar en un futuro más desordenado. Nuestro cerebro pilla las pistas del pasado en el presente. No podemos pensar sin tiempo, aunque la realidad exista sin nuestra forma de entenderla. Para entender el tiempo, tenemos que entendernos a nosotros mismos. El tiempo tiene una carga emocional fuerte, nos da perspectiva en el universo. Nos habla de lo que no dura, de lo que se va. El tiempo nos hace sufrir. El tiempo es cambio.
Luego tenemos a Eddington, un científico que allá por 1927 nos soltó que el tiempo va en una dirección y sin frenos: del pasado al futuro. Lineal, el tío. Como si no tuviéramos bastante con intentar entender el presente, este ya nos marcaba el camino. Eddington decía que accedemos al pasado con la memoria y la experiencia, pero, aunque sabemos que está ahí, el futuro es una incógnita. Es decir, el pasado es fijo, inamovible, y el futuro incierto, pero en medio, este presente que a veces se siente como una cárcel. El tiempo es subjetivo porque nuestra propia manera de ser limita cómo lo vemos. Quizá el tiempo es solo nuestro rollo e intentar entenderlo del todo es una pérdida de tiempo.
«Quizá el tiempo es solo nuestro rollo e intentar entenderlo del todo es una pérdida de tiempo.»
Así que nuestro «ahora» es más bien una sensación personal, no una foto fija de la realidad. Sin embargo, la relatividad nos dice que el espacio-tiempo, en su conjunto, sí es absoluto. Cada uno de nosotros pilla el tiempo y el espacio a su manera, pero cuando los juntas, son absolutos. El espacio-tiempo existe como un bloque donde todo está ahí. Esa idea de «presente» es cosa de nuestra cabeza, algo que no tiene que ver con cómo funciona realmente el universo. Por eso se dice que, en cierto modo, el tiempo, tal como lo vivimos, es una invención de nuestra mente.
¿Qué significa entonces el ahora? ¿Es igual para ti que para mí? ¿Por qué lo sentimos así? El ahora pasa rápido. Este instante no es el de antes ni el de después. No hay significado más allá de sentirlo. Secuencia: ahora, pasado, futuro. Dirección. Empieza en el pasado fijo (libros, recuerdos, etc.) hasta el futuro que no existe aún. Si el ahora es subjetivo, ¿qué significa? Que no es un tiempo en sí, sino un proceso mental para comparar este instante con cambios. Por eso solo piensas en el ahora cuando te lo digo.
Al final, esta movida entre cómo sentimos el tiempo y cómo es en realidad nos deja en un sitio curioso. Si el «ahora» se nos escapa, si el pasado es solo lo que recordamos y el futuro lo que imaginamos, igual toda la fuerza de estar vivos está justo ahí, en ese puto pasar continuo. No hay un significado escrito en las estrellas, ni un camino marcado. Pero justo en esa falta, en esa libertad total de un tiempo que parece ser algo que nos montamos en la cabeza, hay una potencia brutal. La de darle forma a este instante que vuela, la de construir significados que duran poco pero son intensos, sabiendo que cada momento, aunque se lo lleve la corriente, lo hemos vivido, lo hemos sentido. No hay un destino final predeterminado, pero sí la oportunidad constante de hacer que los ratos cuenten, aquí y ahora, en este baile peculiar con el tiempo que nos hemos inventado.
Así que, nenes, os dejo esto para reflexionar: el tiempo va a pasar igual, os guste o no. La movida está en que, mientras pasa, vosotros decidís qué cojones hacer con vuestro ahora. Que no os roben ni un segundo.

El reloj no mide el tiempo, solo nos recuerda que no tenemos ni idea de lo que hace con nosotros. Una broma de esas que solo el universo entiende.
