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VIEJOS FERIANTES

Dicen que los viejos feriantes están en peligro de extinción; en especial los de barraca y carromato mágico. Es cierto que aún quedan algunos honrados tratando de sobrevivir, pero como en todos los oficios, siempre hay unos pocos que mediante abusivas actuaciones dan muy mala imagen al sector. Lo cual provoca una desconfianza que obliga a pagar justos por pecadores. La buena noticia es que cada vez es más fácil distinguir y eludir a estos últimos.

A pesar de que los tiempos han cambiado, sus métodos siguen siendo los mismos: distraer con el monito de turno mientras tratan de colocarle su mercancía al respetable. Pero esto no ha impedido que se adaptasen a las nuevas tecnologías: las redes sociales son sus nuevos escenarios. Nuevas ferias en las que montar sus barracas sin miedo a ocupar demasiado mientras sus monitos corretean a su aire jugando a ser grandes orangutanes. Si sale bien, adelante, si no, a seguir probando suerte; sus mascotas reclamo se mantendrán fieles mientras sigan prometiéndoles plátanos y les lancen cacahuetes —huirían como ratas en caso contrario—.

Una de las principales diferencias (si no la principal) entre los vendedores honrados y estos vendehúmos, es un desmesurado afán de protagonismo que roza lo ridículo —probablemente debido a algún problema emocional no resuelto—. Esto convierte el acuerdo de relación que firman con sus reclamos en una especie de trato con una trascendencia estratégica en la que mantener la atención constantemente se convierte en algo prioritario, creando así una adicción basada estrictamente en el interés propio que se aleja de forma drástica de cualquier intención de buena voluntad. Y es que si se crea un clima de confianza en el que el confusionismo sustituye a la buena voluntad, resulta absurdo pretender la retroalimentación que estimule el compromiso. Es cuestión de tiempo que la siempre tan compleja estructura del afecto se descalabre sola.

Como consecuencia, y bien alimentados por aduladores mediocres, estos personajes terminan confinados bajo un manto de superioridad delirante que les otorga la cuestionable licencia de justipreciar y cuestionar públicamente sin ningún tipo de reparo, totalmente ignorantes de como su egoísmo exacerbado los mantiene incapaces de reconocer el verdadero potencial de aquellos que no les bailan el agua.

Desde un punto de vista racional, no sería correcto asumir como imposición las interpretaciones de esos personajes aparentemente privilegiados en intelecto. Si no se desarticula ese refugio de vanidad y se comprenden las diferentes perspectivas que construyen vías de escape de ese optimismo obsesivo tan necesitado de retroalimentación motivacional —basada en una suerte de recompensa venidera—, sus visiones terminan cegándolos y arrojándolos constantemente a ese punto tan pesimista en el que no es posible crecer ni aprender. Esto conlleva al uso de todo tipo de estrategias y argucias vengativas que suelen manifestarse en quejas públicas en busca de arrope y complicidad social, tediosas cartas abiertas llenas de rencor cobarde (camuflado en un lenguaje pomposo) y lágrimas de cocodrilo que puedan conmover y generar lástima. Vamos, una pataleta infantil de toda la vida.

A pesar del apelativo cariñoso de “incorregible”, que me he ganado al asumir esa etiqueta tan cara del rock and roll, me atreví a invitar a la gente a tomar distancia a través de mi disco Out of time. Tomar distancia,  alejarse precisamente de esa vertiginosidad llena de sentimientos ilusorios que agobian y se extienden como la ponzoña, y así poder observar la realidad desde una perspectiva alejada de lo inconsciente y lo manipulable, con el fin de adaptarse al medio de una forma más adecuada.

Cuando era niño, vivía en el barrio de San Francisco, y uno de los momentos más esperados del año eran las fiestas de dicho barrio —a principios de octubre—. Recuerdo con mucho cariño aquellos días previos en los que La Estación iba llenándose de atracciones mientras mis amigos y yo planeábamos el fin de semana a lo grande. Solíamos jugar al fútbol con los hijos de los feriantes (quienes con el paso de los años terminaron siendo gratos reencuentros mientras duró el contacto) hasta que los llamaban para que ayudasen a montar las atracciones.

Hubo un año en el que uno de ellos me propuso acompañarlo mientras movía y colocaba los coches de choque y, finalmente, lo ayudé para terminar antes y reanudar el partido de fútbol tan crucial que habíamos dejado a medias. Un rato después, de vuelta en el partido, un señor moreno, no muy alto y con bigote, de aspecto risueño y bonachón, se acercó a nosotros y le preguntó al chico quién lo había ayudado. El niño no dudó en señalarme con el dedo y tengo que reconocer que sentí cierto miedo. Pero nada más lejos de la realidad, el señor hizo un gesto para que me acercase y me entregó dos fichas redondas de las que se metían en los coches de choque para que anduviesen. Al ver mi cara de incomprensión, el hombre sonrió y me dijo:

—Dinero no te doy, pero el trabajo hay que pagarlo. Gracias por ayudar a mi hijo.

Ahí vi un claro ejemplo de un feriante honrado, de esos que sí sobrevivirán siempre.   

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