Christmas Blues, baby

Mirando esta foto del concierto de Navidad de hace unos días, me enorgullezco al darme cuenta de que estaba disfrutando el momento en el que a veces todavía puede notar esa calidez humana que no se puede fabricar ni replicar. Aunque no pueda verse por completo, estábamos allí, entre amigos y otra gente que se acercó a compartir un rato de música. Sin móviles ni mierdas, simplemente todos «conectados», pero de verdad.

Como me he pasado mucho tiempo estudiando marketing y publicidad —me flipa que hubiera tanta gente que no sabía esto al leer mi artículo «El hype es una inversión«—, siempre miro la Navidad con un respeto profundo por aquellos que viven estas fechas muy felizmente. A mí, personalmente, me vuelve nostálgico al recordar otros tiempos con toda mi gente, pero es imposible no ver ese relato que se ha ido construyendo durante décadas entre todos, alimentado sobre todo por el cine, la música y la publicidad.

Lo que empezó siendo una celebración espiritual y un respeto incluso sagrado por el solsticio —el momento en que la luz empieza a ganarle terreno a la oscuridad, como ya hacían los romanos en sus Saturnales— se ha ido transformando en toda esta fiesta que celebramos hoy, donde la tradición se mezcla con la estrategia publicitaria. Desde el bueno de Dickens dándole forma al concepto de generosidad moderna, hasta las grandes marcas que terminaron definiendo los iconos navideños que hoy todos reconocemos.

Ojo, no me malinterpretéis, porque no se trata de quitarle la magia a nadie, sino al contrario. Entender que la Navidad es una construcción colectiva nos ayuda a disfrutarla sin tantas presiones y trapalladas. Por eso yo siempre digo que hay que protegerse un poco frente a esa frustración que aparece cuando la realidad no es tan perfecta como la que bombardean por todas partes, desde la tele hasta TikTok o Instagram.

Cuando llega enero, a muchos les da ese bajón tan típico. Lo que yo llamaría «depresión post-industrial». Es lógicamente lo que pasa cuando nos estrellamos de frente contra la realidad después de haber estado flipando en un decorado de luces de colores y cartón piedra. Es básicamente agotamiento ante la falta de luz solar, el desgaste emocional de las cenas y los gastos excesivos. Pura resaca emocional, vamos.

Yo creo que la clave para no acabar desquiciado es proteger un poco ese espacio propio. Dejar de prestar atención a toda esa mierda de distracciones que nos ponen delante en las calles (y que nadie pide) y centrarse en lo que tienes delante. Echar la tarde hablando con los abuelos y abuelas —¡Las abuelas gallegas, monumento nacional ya!—, unas cañas con los verdaderos amigos que se alargan varias horas, una charla sin mirar el reloj o una charla compartida con alguien que te entiende y de verdad valora ese rato contigo. Esas son las cosas que de verdad nos aportan valor cuando el resto de la parafernalia se viene abajo.

Por eso valoro tanto momentos como el de esa tarde de la foto. No estábamos allí por obligación. Estábamos allí porque somos los de siempre, aprovechando que el mundo se para un poco para vernos las caras. Ese calor no se compra en ningún centro comercial ni se finge para una foto típica de familia perfecta.

Me siento muy agradecido de haberme cruzado con tanta buena gente a lo largo de este 2025. Os agradezco de corazón todo el cariño y el apoyo que me habéis dado, tanto a los que he conocido por primera vez este año como a los compañeros y amigos de toda la vida. Es lo que más valoro de este trabajo porque, al final, cuando quitemos los decorados y guardemos los adornos en cajas hasta el año que viene (algunos no, que hay cracks que dejan las luces todo el año y mola mucho verlas en pleno julio), lo único que queda es saber con quién puede contarse cuando no hay nada que celebrar.

Feliz año nuevo a todos. Os deseo lo mejor para este 2026.

¡Salud y rock and roll!

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