Podredumbre cerebral (Brain Rot)

La espiral no atrapa; es la propia existencia consumiéndose en píxeles.
El último día de clase, mis nenes más peques se empeñaron en ponerme al día de las últimas movidas en Tiktok e Instagram para que no me hiciera viejo, según ellos. Casi cantando de corrido, me hablaron de Tralero tralará, Tung Tung Tung Sahur, Prrr Prrr Patapim… «¿Pero qué me estáis contando?», pensé en aquel momento. Esos memes, esos personajes son el Skibidi Toilet, el Garten of Banban, el Sigma Male y, por absurdo que parezca, se han vuelto virales, joder. Pero el tema no es el vídeo en sí, sino la gente que lo comparte, lo comenta y se pierde en esa locura digital que no parece tener fin.
Y es que esa conversación con los nenes nos lleva a la misma cantinela de siempre, que si la adicción al móvil, que si las pantallas friéndoles el coco a los chavales, etcétera. Y es que la queja es universal, no solo exclusiva de los críos, porque nos pasa a todos, incluso a los más mayores que, hay que joderse, también se enganchan con facilidad. Esto es eso que se conoce como podredumbre cerebral en acción. Un virus silencioso que, se supone, nos está volviendo simplemente más tontos. Pero esto no es nuevo, más bien es noticia vieja, en realidad. No hay nada nuevo bajo el sol digital. Las redes sociales nos empujan a consumir el contenido corto, cuanto más breve mejor; quieren nuestros clics, los swipes (que deslicéis con el dedito). Saben que ahí os quedáis, pillados, hipnotizados. La dopamina —la droga barata para nuestro primate interior— fluyendo a tope. De ahí la etiqueta de «podredumbre cerebral» (brain rot). Porque, al parecer, consumir esa basura digital te licúa las neuronas, te degenera. Y sí, hay algo de verdad en todo ese rollo. Los estudios confirman que nuestra atención se desintegra. De hecho, ya en 2021, la media para decidir si algo merecía la pena eran diez putos segundos.
Entonces, ¿Internet nos jode el cerebro? ¿Nos convierte en zombis esclavos del algoritmo? Pues eso parece, pero es que ahí está la trampa. Hacemos las preguntas equivocadas. Esta sociedad está obsesionada con la idea de que fuerzas externas nos impiden ser quienes somos. Como si ese contenido efímero tuviera el poder de freírte el cerebro y degradarte a un NPC —personajes sin voluntad propia en los videojuegos, que ahora los chavales usan para referirse a la gente estúpida o que sigue a la masa sin pensar—. Pero es que la verdad es otra, porque esa mierda no puede obligarnos a nada. Ese contenido corto que se consume no tiene manos para encadenarnos. Y la verdad es que hay mucho veneno ahí fuera que no nos atrae lo más mínimo. ¿Por qué? Porque nosotros, y solo nosotros, tenemos el puto control. No me malinterpretéis; darle una tableta a un crío y convertirlo en un «niño pantalla» es un problema mayúsculo. Pero si estáis leyendo esto, lo más probable es que tengáis un cerebro funcional. Y si es así, tenéis el control absoluto sobre cada una de vuestras acciones. Siempre. Aunque a veces no lo parezca.
Entonces, ¿Internet nos jode el cerebro? ¿Nos convierte en zombis esclavos del algoritmo? Pues eso parece, pero es que ahí está la trampa. Hacemos las preguntas equivocadas.
Daniel Soldevilla
La verdadera podredumbre cerebral está en la idea de que no somos los dueños de nuestras propias acciones. Toda esa mentira de que los objetos, las circunstancias, o el puto entorno, pueden obligarnos a hacer lo que no queremos. Simplemente, no es cierto. ¿A alguien le suena eso de «debería estar haciendo esto o aquello, pero me lío a ver vídeos en el móvil…»? Ese sistema de creencias es como un bucle de retroalimentación muy jodido del que cuesta mucho escapar. Es la sumisión a la impotencia. Es renunciar al libre albedrío. Cada día, tomamos decisiones y esas decisiones implican opciones y la autonomía para elegir. Si no, es una puta imposición. ¿Y la capacidad de tomar una decisión diferente? Que algunas sean más difíciles no anula vuestra opción. Es como estar en una mesa de póker donde os reparten una mano y, en lugar de jugar vuestras cartas, os dedicáis a discutir con el crupier. La realidad es que la mano que os toca es la que os toca. Tenéis mucho menos control sobre la mano que os dan, y mucho más control sobre cómo jugáis esa mano.
Pero, ¿qué coño hacemos con todo esto? ¿Cómo nos cargamos esa «podredumbre cerebral»? Pues pasar más del móvil. ¿De qué coño necesitamos que nos notifiquen,aparte de mensajes o una llamada esencial? ¡¿Una notificación de una app de compras online, en serio?! Reducid esa mierda que os arrastra al enganche. Salid, interactuad con la gente, sed reales, joder. Un paseo, una comida por ahí, unas cañas con los amigos… Lo que sea que os meta en el hábito de hacer cosas, de contribuir al mundo de forma física. Esos son los momentos donde nos liberamos de «La Matrix» (cómo diría mi querida Raquel) y nos convertimos en personas reales, haciendo cosas reales.
