Analfabetos del alma

El inicio de este curso 25-26 está siendo un poco caos, lo típico, como era de esperar. Llevo días peleando con horarios y mil gestiones que me demuestran, una vez más, que el mundo se ha vuelto mucho más digital, rápido y casi intangible a la velocidad de la luz. Un ejemplo de esto fue hace unos días, hablando con algunos amigos profes sobre las actividades y el nuevo curso, me di cuenta de que ahora ya no se habla tanto de libretas, lápices o bolígrafos, sino de «gamificación» y apps. Esto hizo que ese recordatorio que siempre hago a los padres de que sus hijos traigan su libreta para hacer o corregir los deberes sonase a algo arcaico.
Esa misma mañana, leyendo el periódico, me encuentro con la noticia cojonuda de que en Galicia se ha decidido que los chavales no usen dispositivos digitales individuales hasta los diez años. Una alegría, porque al menos es un reconocimiento institucional de que la tecnología no lo es todo. Y me hizo darme cuenta de que esa pregunta de si los niños necesitan libretas, que en otro tiempo hubiese sido absurda, ahora es totalmente válida, porque con tanto móvil, tablet y ordenador, pedir que usen un boli y un papel es ya un acto de resistencia y, joder, una de las mejores cosas que podemos hacer por el cerebro de los chicos.
La movida es que la tecnología es la reina de la eficiencia, pero también de la pereza cerebral. Lo da todo masticado. Alguien tiene un lapsus al escribir y el autocorrector te salva el culo antes de que tu cerebro tenga que hacer el mínimo esfuerzo de pensar. Y ahí, nenes, es donde se jode el invento. Los neurólogos y psicopedagogos no son tontos, y llevan tiempo dándonos la chapa con esto. Escribir a mano no es solo poner letras en un papel, es como un entrenamiento para el cerebro. Es como cuando se ensaya para un concierto; no vale con memorizar, hay que sentirlo en los dedos, en la garganta, en el alma. Con el teclado, el cerebro solo se limita a pulsar las teclas, y eso es como seguir un camino plano y sin curvas. Escribir a mano jode más, claro, porque obliga a currárselo. En clase no les da tiempo a copiar todo lo que dice el profesor, lo cual es cojonudo, porque eso les fuerza a usar la cabeza para procesar la información, decidir qué es lo importante y resumirlo con sus propias palabras. Y es ahí donde la información se les queda grabada a fuego, más allá de la memoria literal, porque la escritura manual no solo activa áreas cerebrales relacionadas con la memoria y la ortografía, sino también las motoras y visuales. Vamos, que hace que el cerebro no se atrofie en la comodidad digital.
«La movida es que la tecnología es la reina de la eficiencia, pero también de la pereza cerebral.».
— Daniel Soldevilla
Así que sí, que traigan libretas, bolígrafos y errores. Porque en cada garabato, en cada tachón, en cada frase que les cueste escribir sobre el papel, hay un cerebro que se resiste y que se mantiene jodidamente real. Y no, no se trata de rechazar el futuro (que dirían algunos), sino de no entregar el presente sin pelear. Porque si un día nuestros chicos solo saben marcar opciones y deslizar, pero ya no saben escribir, entonces no será solo la caligrafía lo que se pierda… será la capacidad de pensar con profundidad, de sentir con claridad, de construir desde dentro… Y entonces, nenes, no seremos analfabetos digitales. Seremos analfabetos del alma.
