¡Más libros y libretas!

Tras estas primeras semanas de septiembre, ya puede decirse que el curso ha arrancado y los coles vuelven a estar llenos de vida. Yo, que estoy encantado de reencontrarme con mis nenes para acompañarlos un año más en sus clases de inglés, los veo crecer y confieso que más de una vez pienso que son niños y niñas brillantísimos. A ver, tienen chispa, aprenden muy rápido y son infinitamente más despiertos de lo que éramos nosotros a su edad, y por eso me quedo un poco sorprendido con los informes PISA. Al parecer, esos informes muestran que hemos alcanzado nuestra peor marca histórica en lectura, matemáticas y ciencias y, claro, uno mira cada tarde a estos nenes —tan llenos de vida y ganas de comerse el mundo— y se pregunta: ¿qué está pasando?

Pues supongo que si echamos un vistazo al pasado, veremos que desde la Ilustración y las Cortes de Cádiz —sí, Aroa y Xiana, las he nombrado— hemos pasado del analfabetismo generalizado a conseguir que el cien por cien de la infancia vaya al cole. Vamos, un logro histórico y tal, pero es que ahora deberíamos pensar que el objetivo no era solo escolarizar a todos los niños, porque también era igual de importante decidir qué iban a hacer con ellos dentro de las aulas.

Y ahí es donde creo que chocamos con el siglo XXI y esa genial ocurrencia de alguien de que digitalizar las aulas era lo mejor para ellos. Entonces, empezaron a llover ordenadores y tablets bajo la promesa de que el futuro de los niños sería muchísimo mejor. Pues bien, hoy, observándoles en clase, especialemente a los adolescentes, no tengo tan claro que darles esos dispositivos tan pronto haya sido un avance tan positivo.

A lo mejor es que muchos se han tragado el cuentito de que meter tecnología en estos procesos es avanzar. Y aquí debería tenerse en cuenta lo que Nicholas Carr decía en su estudio sobre cómo las herramientas moldean nuestro pensamiento, de que los instrumentos que empleamos nos reprograman. Está claro que la tecnología es la reina de la eficiencia, pero también es un gran alimento para la pereza porque nos da todo masticado y nos ahorra el esfuerzo de hacer las cosas. Entonces no nos puede extrañar que si los chavales pasan horas ante estímulos constantes luego les cueste un mundo mantener la atención en un texto de cuatrocientas palabras. Creo que si dejamos morir el papel, nos vamos a cargar el pensamiento profundo.

Un buen comienzo sería dejarse de chorradas como esa memez colectiva de que leer es un aburrimiento infumable o un simple trámite escolar que hay que hacer forzosamente para aprobar en junio. Y aquí es donde entra el gran papel de la familia, porque esto no se resuelve con prohibiciones estúpidas, sino asumiendo que el ejemplo enseña más que darles la turra. Si nos ven pegados al móvil todo el día, también querrán pantallas; si nos pillan a menudo con lecturas pausadas, tarde o temprano querrán saber qué hay ahí dentro que nos atrape tanto. Al final, hay que tener en cuenta de que no se trata de meterles con calzador los clásicos intocables porque hay libros escritos exactamente para cada etapa, ya sean aventuras sobre los primeros descubrimientos de críos hasta historias para esos adolescencentes que aprecen siempre a la gresca. Un buen libro puede servirles como un espejo que les ayude a encontrarse a si mismos y mandar al carajo los juicios de los demás. Al fin y al cabo, yo puedo decir por experiencia propia que la lectura y la escritura fueron siempre algo así como una cura, una especie de refugio cuando el mundo de fuera se ponía feo de verdad.

Al final, siempre he dicho —parafraseando a algunos de mis profesores y profesoras que recuerdo con tanto cariño— que la educación de verdad no cabe en las cuatro paredes de una clase ni tampoco en un boletín de notas. Fomentar la lectura busca darles herramientas para que el día de mañana sepan quiénes son y cómo lidiar con pensamientos complejos sin desinflarse y rajarse a la mínima. Recordemos que esos niños y niñas son el futuro. Entonces, ¿Tiramos por aumentar el silencio, la pausa, la escritura a mano y las páginas de los libros, o dejamos que la comodidad infinita de la tecnología y las pantallas lo sustituya todo?

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