¿Paz interior? Prefiero sentir

Me mola cuando el arte regala golpes de realidad, de esos que duelen, pero que espabilan. Tras proyectar nuestro último corto, Paula con P de Reme, en el OUFF el pasado octubre y hace unas semanas en Vilar de Santos, por el 25N, han sido varias personas (algunas un poco alteradas, otras con lágrimas en los ojos) las se me acercaron diciendo algo similar a esto: “Perdóname, Dani. Es que soy demasiado sensible y el corto me ha impactado mucho.»

Días después, una amiga me confesó para mi sorpresa su dificultad para «ser más sociable». Ella quizás lo veía como un defecto o algo así, pero yo vi claro que eso era algo positivo, porque simplemente es su sensibilidad la que le impide ser superficial, obligándola a ser jodidamente selectiva con quienes permite entrar en su universo. Es toda una muestra de honestidad por su parte reconocer que solo admite conexiones que de verdad sienta como relevantes.

Lo brutal es que estas personas se disculpaban por sentir, como si la emoción fuera un error o un estigma. ¿Podéis creerlo? Parece que hemos llegado a un punto donde ser sensible se ha confundido con ser débil. Como si la única forma de ser funcional fuese ir por la vida con una armadura emocional, blindados contra todo. Ahí, claro, es donde todos esos vendedores de humo autoproclamados gurús de la autoayuda, aprovechan para lucrarse con la desesperación ajena ofreciendo su mierda de represión tóxica, pero llamándola “paz interior”. Y aquí, nenes, yo me pregunto, pero ¿qué mierda de estafa cultural pretenden colar? Pueden meterse su “paz interior” por dónde el sol no calienta.

Cuando alguien nos obliga a reprimir lo que sentimos por miedo a las críticas y problemas que podamos encontrar por el camino, ahí es donde yo digo de parar y pensar si el problema es nuestro o es de ese alguien. La sensibilidad no es una debilidad, sino una habilidad. Es como un sistema de alerta diseñado para avisar cuándo algo importa de verdad.

Esto no lo digo porque sí. Desde la ciencia, investigadores como la psicóloga Elaine Aron, descubrieron que entre el 15% y 20% de la población tiene un sistema nervioso que capta más información del entorno. Esto no es gente que se lo «toma todo muy a la tremenda»; es básicamente que su cuerpo es como un micrófono ultrasensible, diseñado para captar los detalles y las sutilezas con mayor intensidad.

Claro, las personas sensibles también se saturan más fácil y necesitan sus momentos de pausa y reflexión, pero hay que tener en cuenta de que esa misma intensidad puede ser una gran fuente de fuerza creativa y empatía. La sensibilidad puede ayudar a canalizar esa energía emocional en arte, ya sea en un proyecto, o en algo que de verdad valga la pena. No se trata de intentar reprimir ese golpe de energía, sino de aceptar su potencia para luego poder liberarla de forma constructiva.

La sensibilidad nos hace, como en el caso de mi amiga, detectores cojonudos de personas de verdad. Nos permite detectar a esa gente con la misma sintonía, con la que podemos conectar y ser nosotros mismos sin el pánico a ser juzgados. De hecho, se lo decía el otro día a Flor, la periodista —ya he comentado en el artículo anterior que adoro esas entrevistas que me hace, pero, es que además, charlar con ella fuera de micro también es muy inspirador—, que la sensibilidad es como un radar que identifica a esas personas especiales con las que las relaciones pueden ser sanas y de verdad.

Como veis, en estos casos la sensibilidad puede ser como un escudo y no creo que nadie tenga que pedir perdón por ello, porque ser una buena persona es como una inversión que termina devolviendo cosas buenas.

Ya para terminar, me gustaría dejaros una reflexión. Si, como decía Krishnamurti (sí, el filósofo), ser sensible es esa capacidad para percibir la belleza porque se está plenamente atento a todo, decidme, ¿no será la sensibilidad la clave para que los artistas podamos romper el muro de la indiferencia y exponer esa realidad que tanto impacta?

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