Operarse hasta dejar de ser uno mismo

Estaba el otro día apoyado en la barra de uno de los bares del centro, esperando a que la tropa se decidiera a aparecer para una de estas comidas de Navidad. Pasé unos minutos geniales con el teléfono pegado a la oreja escuchando un audio que me había mandado una amiga que, afortunadamente, no suele morderse la lengua. Había decidido «abrir un melón» sobre esa extraña epidemia de gente que se opera hasta terminar con caras que parecen todas iguales —labios como morcillas mal puestas y pómulos que amenazan con sacarle un ojo al de al lado—. Total, que me dejó la pelota en mi tejado.
Todavía no le he contestado. Su mensaje no era para soltarle cualquier cosa que se me ocurriera mientras pedía la primera caña, pero desde entonces me quedé dándole vueltas al tema y pensando en qué momento (seguramente desde hace décadas) la sociedad se tragó eso de que nuestra propia cara es algo que está mal y que la solución es convertirnos en una fotocopia de alguien que ni siquiera conocemos.
Lo cierto es que por aquí, en nuestras calles, aún veo gente que tiene la decencia de parecerse a sus padres y a sus familiares, pero es verdad que en internet la cosa se está poniendo muy turbia. Hay gente por ahí a la que lo mejor que se le ha ocurrido para llamar la atención es operarse la cara o el cuerpo y llenar los feeds con reels y stories enseñando sus «proyectos de reforma» (y si encima les pagan por promocionarlo, la cosa ya roza el ridículo). Supongo que es lo que pasa cuando no se tiene nada relevante que ofrecer por dentro y se necesita alimentar el ego a base de likes porque da mucho miedo ser invisible. Debe ser una miseria eso de vivir pendientes de un reflejo artificial para tapar un vacío de identidad tan grande que ni todo el ácido hialurónico del mundo podría rellenar. Pero lo peor es que gracias a esto, como es de esperar, multitud de personas que se sienten inseguras o perdidas acaban convencidas de que su identidad está mal y hay que corregirla pinchándose cualquier mierda en alguna parte del cuerpo.
Esto es algo que todos deberíamos tener en cuenta, porque una vez que entras en la lógica de que tus dientes o tu nariz son un defecto, o que tus gestos no son tan cool como los del actor de turno, llegas a un punto muy jodido. Y aquí no es solo cuestión de vanidad, porque hay muchas personas que dejan de verse como personas normales para convertirse en una lista de «problemas» estéticos. Y aquí lo más triste de todo este circo es ver a chicos y chicas jovencísimos convirtiendo sus caras en algo plano, con una simetría tan perfecta que acaba siendo un puto coñazo del que probablemente se arrepientan con los años.
Mi amiga me decía en el audio que algunos se toman estos retoques como un triunfo personal, incluso hablan de «empoderamiento». Pero, si os paráis a pensarlo, no hay nada menos exclusivo que tener la misma cara que otras diez mil personas, joder. Es como si le hubiesen metido miedo a la sociedad de todo lo que nos hace distintos, como si el paso del tiempo o la genética de cada uno fuesen algo que se puede arreglar. Si no te retocas (hay casos que incluso necesitan hacerlo cada seis meses), si no te embadurnas en cremas, parece que te has descuidado, cuando lo único que estás haciendo es existir.
A ver, es de lógica, ¿no? Si nos aceptáramos todos tal como somos, toda esa parida se iría a la mierda más pronto que tarde. Pero claro, vemos a todos esos famosos, futbolistas y actrices que viven de su imagen y que seguramente se han reconstruido enteros, y nosotros, desde el sofá, sentimos que nuestros dientes, la mandíbula o nuestra frente son una mierda. Por no hablar de los filtros que se ponen en las fotos para las redes, porque claro, ya no solo nos comparamos con famosos de Hollywood, sino que ahora también nos comparamos con una versión digital de nosotros mismos que no existe. Y luego, al vernos en el espejo del baño, nos da el bajón porque la realidad no es tan guay.
Así que aquí estoy, escribiendo esto antes de responder a ese audio. Yo creo que lo que nos hace atractivos no es tener una cara perfecta,
sin marcas, cicatrices ni granos, sino esa expresión que solo nos pertenece a nosotros y que no se puede comprar en una clínica. Me gusta la gente que se atreve a ser original, aunque eso signifique no encajar en el cuadradito perfecto de una red social porque, nenes, lo que de verdad da miedo no es que la gente quiera verse mejor, sino que «mejor» signifique dejar de ser uno mismo para pasar a ser un clon de un desconocido que se parece a todo el mundo.
