Flor, la achicoria y una forma decente de ser

Hace unos días, la radio volvió a regalarme uno de esos encuentros que valen mucho la pena. Fui entrevistado por Flor Robleda para Radio Limia, con motivo del evento que hemos producido en Vilar de Santos, “Non pido permiso. A coraxe de nomearse”. Para mí, escuchar a Flor es una especie de ejercicio de calma porque hay algo en su tono, quizás sea su honestidad, que me desarma y hace que le preste toda mi atención a lo que está diciendo —y sí, estoy siendo objetivo, aunque mi admiración hacia ella es innegable—.
La entrevista fue tan profesional como cabría esperar de alguien que domina el oficio (podéis escucharla aquí). Pero, a ver, como sucede con las mejores conversaciones, la nuestra continuó con las grabadoras apagadas y la vida abriéndose paso. Entre las cosas que nos permitimos charlar, sin prisa —aunque la había, porque el trabajo lo exigía—, aparecieron el café y la achicoria, la forma en que todo puede cambiar de repente y la importancia real de ser uno mismo para aportar valor. En algún punto, la conversación se elevó de lo personal a lo universal y terminamos hablando de cómo la vida se empeña en ir en serio y de esa manía que tenemos los humanos de complicarla. Tras despedirnos, como era de esperar de esas conversaciones que siempre terminan dejándome alguna reflexión, me quedé con la pregunta típica de ¿qué estamos haciendo aquí?
Todos llevamos dentro esa necesidad de querer dejar una huella, de aportar valor a la vida de los demás, pero a menudo lo buscamos de la forma equivocada, esperando el aplauso o la palmadita en la espalda que nos recuerde que aún no somos completamente insignificantes. Pero aquí, nenes, yo digo que hay que pararse a pensar que aportar valor no es simplemente una cuestión de bondad, sino que también es cuestión de supervivencia psíquica y bienestar emocional.
Camus decía que la verdadera generosidad para con el futuro consiste en dárselo todo al presente, y, a ver, creo una forma sincera de dárselo todo al presente es dejar de mirarse el ombligo. Cuando nos enfocamos en mejorar algo que está fuera de nosotros mismos, rompemos el sesgo egocentrista, le damos una hostia a esa mierda del self-care neurótico que venden los gurús de la autoayuda y experimentamos la satisfacción que da la generosidad, lo cual es ya un triunfo.
El valor no es solo un simple concepto de la RAE, sino la aptitud real que tenemos para aliviar, para mejorar una necesidad o, simplemente, para proporcionar un buen momento o un simple respiro al otro (aunque parezca una tontería). Cuando ponemos nuestras habilidades al servicio de un propósito ajeno, por mínimo que sea, no solo activamos esos circuitos cerebrales que nos hacen sentir bien —la famosa química de la felicidad—, sino que ejercemos nuestro poder de transformar la realidad y además fortalecemos nuestra autoestima sin toda esa mierda de los likes y las redes sociales. Básicamente, dejamos de ser solo turistas que miran el mundo pasar desde la ventana.
El único recuerdo que merece la pena dejar —creo que Flor estará de acuerdo conmigo en esto, ya que me atrevo a inspirarme directamente en nuestra conversación— no es un monumento a nuestro nombre, sino lo que nuestras buenas acciones provocaron en la realidad ajena. Es como un juego de espejos donde, al dar, nos encontramos a nosotros mismos. Y esa, nenes, es una forma muy decente de ser y de sentirse vivos. Si no se está dispuesto a ensuciarse las manos con la realidad de otros, lo único que queda de uno es un adorno bonito. Y a nadie le sirven los adornos cuando la casa se derrumba.
