El menor esfuerzo posible

Marcos y Laura, dos de mis nenes a los que doy clase, acaban de cumplir diez años. Son de esos niños tan inteligentes que consiguen hacerme recuperar un poquito la esperanza para el futuro. Hace unos días, una de esas tardes en las que llegué un poco pronto, ambos me pidieron adelantar sus deberes antes de empezar la clase de inglés. Laura decidió ponerse con Matemáticas y Marcos con ciencias naturales, por lo que sacó el ordenador portátil del colegio y buscó la asignatura. A los pocos minutos, cuando ya estaban cada uno a lo suyo con sus libretas, me dí cuenta de que Marcos estaba intentando usar Google y la inteligencia artificial para que le resumiese el texto copiado de su libro y le hiciese el esquema que su profesora había encargado. En vez de leer, pensar, subrayar, construir el esquema con sus propias manos. Ya buscaban la forma de hacer las cosas con el menor esfuerzo posible.

Aquel detalle me llamó tanto la atención que incluso llegué a contarselo a Viki al día siguiente para conocer su opinión como docente. Pensándolo, me preguntaba si aquello podría ser algo parecido a lo que hacíamos nosotros en primaria para hacer trampa en mates, usando la calculadora cuando nadie miraba. Pero es que entonces era un truco puntual. Ahora, ese tipo de cosas parecen la forma normal de enfrentarse a la vida y la verdad es que da para pensar en cómo nos hemos acostumbrado a vivir bajo mínimos, instalados en la mediocridad por ceder a la ley del mínimo esfuerzo. Es decir, esa posesión, esa rutina, esa excusita tan cómoda a la que nos aferramos creyendo que nos da seguridad, cuando en realidad es lo que termina cargándose nuestra capacidad de pensar.

Schopenhauer hablaba de esto como una fuerza ciega que nos empuja a repetir los mismos gestos para evitar el más mínimo roce que pudiera alterar la paz. Muchos se han criado rindiéndole culto a la comodidad, en la creencia absurda de que esquivar el conflicto es lo mismo que ser prudentes. Parece que se ha normalizado la mediocridad y quizás es esa la razón por la que hoy algunos ven la excelencia como a un bicho raro y aplauden con las orejas a personajes que tienen algún éxito sin talento ni esfuerzo.

En la televisión en general aparecen muchos de estos personajes —en los peores casos incluso hacen gala de su propia indigencia mental—. Parece que la ignorancia es el producto que más vende. Y esto nadie vino a imponerlo. Esta derrota fue en silencio. Solo hizo falta alguien con un rostro amable que convenciese a muchos de que la ambición era una enfermedad y de que rendirse e ir a lo fácil y cómodo era amor propio.

Nietzsche se refería a estos personajes cuando hablaba del último hombre. Personas grises, satisfechas y encogidas que parpadean asustaditas ante cualquier rastro de intensidad. Parpadear representa la rendición y el gesto de apartar la vista de todo lo que pide esfuerzo solo para no perder la comodidad. Y no nos engañemos, porque el rebaño no se pone a perseguir al lobo por maldad y ya está, sino que en cuanto puede lo cruje a palos porque su simple existencia es un recordatorio bastante jodido de que alguna vez hubo otra forma vivir.

Y si ahora se les da a les chavales una máquina que les haga el trabajo dándoles resúmenes y respuestas masticaditas —que se creen y dan por buenas sin cuestionar nada—, se saltarán el leer y escribir por sí mismos hasta dejar de pensar y mucho menos lanzarse a crear nada con sus propias manos. Y lo harán porque es más cómodo, porque duele menos y porque así continúan en esa desgana constante donde nada exige un mínimo esfuerzo.

Mirad, nenes, crear algo es jodido porque exige echarle horas, talento y cojones, mientras que destruir es facilísimo porque no requiere nada. Y esto va por los artistas de verdad que aún se sientan a currar a pesar de la dificultad porque saben que ahí está la esencia. Si alguna vez os sentáis a crear sin buscar esas facilidades ni caminos rápidos que no requieran vuestro esfuerzo, estaréis trazando una línea y decidiendo no ser ese último hombre que Nietzsche describió hace más de un siglo. Lo que creéis solo aguantará si hay un proceso real detrás y una vida vivida de verdad. Así que, si parpadear es rendirse, pues mirad a esa comodidad a los ojos y sostenedle la mirada. Negaos a parpadear y a ser ese personaje que prefiere no arriesgar nada con tal de no perder nada

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