El imperio de los fatuos

Este verano probé a meterme en un crucero a ver si el Mediterráneo me aclaraba las ideas tras unos meses de no parar entre bolos y saraos. Pero ni en alta mar te libras de esa fauna flotante que va buscando a quién darle una masterclass de geopolítica mientras sostiene un gin-tonic.

Una de esas noches, arrimado a la barra del Amphithéâtre, me pasaba las horas muertas charlando con Edsel y Kerwin, los barmans. Normalmente doy clases de inglés, pero allí acabé enseñándoles español y gallego entre risas, lo que me recordó que manejar lenguas evita que uno acabe siendo un paleto mental. Para la gran mayoría de la tripulación, que iban empaquetados en sus trajecitos y vestiditos impecables con esa rigidez de quien tiene miedito de mancharse, aquella costumbre mía de hacer colegas entre los currantes me convertía en una especie de bicho raro que, supongo, les produciría extrañeza e incluso rechazo. En fin, Fromm ya decía que la patología de la normalidad consiste en adaptarse a una estructura social donde el estatus pesa más que el pulso humano; es decir, nenes, que allí había bastante gente que prefiere lo falso y las apariencias a lo real (esto le va hacer gracia a Flor).

Esa pequeña anomalía fue la excusa perfecta para que se me acercara un grupito de esos que huelen de lejos a buenas herencias. Eran una pareja de franceses, unos italianos y un suizo con la suficiencia alpina metida en vena. Hablaban ese inglés tan típico de academias caras, muy correcto pero con una pronunciación regulinchi, arrastrando las a’s y o’s de sus idiomas maternos. En cuanto descubrieron que era español cuando estaba explicándole a los barmans qué significa la expresión «estar hasta los huevos», se les encendió el tema de la semana. Tras mirarme de arriba abajo con cierta lástima de clase —recordemos que para ellos ese nivel de colegueo con el personal parecía convertirme en un ser inferior y, joder, probablemente mi pantalón corto y mi camisa tampoco ayudaban, pero me negaba a ser parte de ese paripé estúpido de ponerme un traje solo porque lo dicta la programación del barco—, y con una sonrisa fingida el italiano me soltó que qué pena lo de Ceuta, teorizando con total naturalidad que era cuestión de tiempo que Marruecos terminaría «recuperando» esos territorios, —¡así como si nos lo mereciéramos por una especie de justicia poética imperial o algo!—. El cuñado de Ginebra negaba con la cabeza midiendo cada sílaba que decía su amiguete; apestaba a esa condescendencia sutil de los que tratan a los españoles poco menos que como a parientes pobres a los que hay que aguantar con paciencia. No me extraña que sus mujeres pasaran de todo y se pusieran a bailar a unos metros, mantenidas a raya por esas miradas de vigilancia que sus mariditos dominaban a la perfección. Supongo que tener cerca a otra gente adinerada, joven y atractiva acechándolas desde la distancia sacaba a relucir unas cuantas inseguridades muy difíciles de disimular.

En fin, les miré con el vaso en la mano, tratando de disimular como pude esa pereza infinita que da la gente que repite lo que dice la televisión sin pensarlo apenas.

Traté de explicarles en un inglés sin adornos —que supongo les mostraría que ese tipo de conversaciones me dan urticaria— que la historia no suele ser como la cuenta cualquiera por la tele, sobre todo los telediarios. A ver, los historiadores (y los documentos oficiales) dejan bien clarito que Melilla se integró en la Corona de Castilla en 1497, cinco años después de la toma de Granada y bastante antes de que Navarra se sumara al mapa peninsular. Pero es que con Ceuta pasa algo parecido, solo que pasó de la corona portuguesa a la hispánica en 1580, decidiendo quedarse por voluntad propia cuando Portugal recuperó su independencia en 1640 —algo que quedó ratificado en el Tratado de Lisboa de 1668—. Y, a ver, si hacemos un pequeño cálculo desde que existe el propio Estado marroquí moderno (1956), resulta que uno puede ver que ese país empieza a andar institucionalmente bastantes décadas después de que esas ciudades llevaran siglos formando parte de nuestras fronteras.

Como era de esperar, los italianos torcieron el gesto y los franceses fruncieron el ceño con soberbia y mascullaron algo entre dientes sobre el protectorado español y francés, dejando ver esa suficiencia típica de que solo sus países tienen el pedigrí imperial legítimo.

La verdad es que tiene un punto cómico ver cómo esos supuestos hombres de éxito van por ahí aplicando una lógica absurda, incapaces de darse cuenta de que la historia no es una habitación de objetos perdidos donde los países van a reclamar lo que les apetece solo porque suena exótico o les viene bien.

Total, que la breve charla discurrió sin más —personalmente me la suda si aprendieron algo o no—, mientras el hielo tintineaba en la coctelera y Kerwin y Edsel me miraban como diciéndome que dejásemos el tema y tomásemos otro cóctel. Al final, el francés parpadeó, el italiano se giró a vigilar a su mujer y el suizo desvió la vista hacia la pista de baile llena de chavalada española gritando y saltando. Después de ese breve silencio incómodo, acabaron comentando, no sé si en broma o en serio, si debían cambiar sus próximas vacaciones para pasarse por Lanzarote porque, a ver, España «no estaba tan mal».

Dejé el vaso ya vacío sobre la barra, les di las buenas noches con un leve gesto por pura educación y me despedí bien de mis compadres —dejando que vieran bien cómo nos dábamos la mano como iguales— antes de salir a cubierta a buscar el aire fresco de la noche.

Hay que ver qué frágil se vuelve el imperio de los idiotas en cuanto la realidad decide dejar de darles la razón.

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