Los náufragos virtuales

El sábado pasado, viniendo del bolo en Pontevedra con mis compañeros de Iberican Roots. Seis de la tarde, primavera, con ese solcito que parece decir que aún queda mucho día. Yo iba en el asiento de atrás con mi amiga Isa, dándole vueltas al siguiente bolo, cuando me vibró el teléfono. Otra notificación de Instagram.
Últimamente me dedico a purgar la cuenta porque estoy un poco hartito. Prefiero ver cómo baja el contador de seguidores a aguantar gilipolleces. Básicamente estoy borrando en masa a perfiles que solo me buscan para ver si consiguen un bolo o esas cuentas fantasma que invitan a grupos de sexo. De verdad, nenes (a los que empezáis o ya lleváis tiempo en grupos o tocando por ahí), la cosa está complicada, es una realidad, pero una de las peores cosas que podéis hacer es fingir interés por un artista al que ni conocéis ni os importa y empezar una conversación de mierda solo para terminar pidiéndole algo, ya sea si te consigue bolos o te da algo porque sí, por la cara. Yo ante la vanidad digital de ver que en un contador de mierda pone miles de seguidores solo para validar mi ego, prefiero tener solo a los que merecen la pena, que al menos son sinceros. Pero bueno, al tema, que me desvío. El caso es que mientras tanto, me encontré una noticia en la sección de recomendados que me llamó la atención.
Una chavala china que al parecer se llama Little li, veinticuatro años, ingresada con un cáncer de sangre bastante raro que llevaba meses atrapada en un hospital. En mitad de ese aislamiento, la tía abre una aplicación de reparto de comida, pero no para pedir comida. La chica escribió en el cuadro de observaciones que no quería cena, que solo buscaba a alguien que fuera a hablar con ella un par de horas. Es triste, claro, pero hay que reconocer que es una forma cojonuda de pedir ayuda saboteando el algoritmo.
Lo jodidamente hermoso de todo esto es que el sistema falló a favor de lo humano. Los repartidores empezaron a llegar, uno tras otro, desviando sus rutas. Tipos con el tiempo tasado al puto céntimo por un algoritmo decidiendo bajarse de la moto para sentarse al borde de la cama de la chica. Algunos se quedaban diez minutos entre entrega y entrega, otros una hora, pero lo importante es que le regalaron su presencia, que es una de las cosas más importantes que hay.
La verdad que me pareció un diagnóstico social acojonante. Vivimos en la hiperconectividad, pero es que parece que la gente está más sola que nunca. Uno puede saber qué ha desayunado una persona totalmente desconocida en la otra punta del planeta, pero parece incapaz de entender lo que le ocurre a la persona de al lado. Supongo que se está instaurando una sociedad transparente y predecible que consuma relaciones como quien bebe y tira un vaso de plástico. Ya decía Zygmunt Bauman que creamos relaciones líquidas, algo tan ligero que no deje marca ni exija el riesgo del compromiso. Conexiones humanas de usar y tirar.
Uno puede saber qué ha desayunado una persona totalmente desconocida en la otra punta del planeta, pero parece incapaz de entender lo que le ocurre a la persona de al lado.
Daniel Soldevilla
Por eso el gesto de esos repartidores me parece algo milagroso. Mandaron a la mierda la productividad por un rato para recordarle a una desconocida que no era invisible y que IMPORTABA, porque esta chica no buscaba entretenimiento, joder, solo buscaba a alguien que la acompañase un rato. Una demostración de que, a veces, la solidaridad humana aparece en los lugares más insospechados.
Es una historia que me reconcilia un poco más con la especie, sí, pero también me deja un saborcillo amargo. Me hace pensar que, en la «nueva normalidad» en la que estamos, lo más parecido que queda a una visita inesperada ya no es el sonido del timbre porque un amigo pasaba por tu barrio, sino ese sobresalto en el bolsillo cuando vibra el teléfono, como me pasó a mí con la notificación de alguien que te escribe de la nada para intentar buscarse la vida. Y los entiendo, joder, sé las ganas que hay por asomar la cabeza, pero fingir empatía y empezar una conversación de mierda solo por interés no está bien. Al final, aunque con motivos muy diferentes, supongo que intentan algo parecido a lo de la chica, ¿no? Todos usando los mismos canales fríos -como náufragos que metían sus mensajes en botellas para lanzarlas al mar, pero virtuales- esperando que una alerta aleatoria nos devuelva, aunque sea un segundo, la sensación de que hay alguien al otro lado dispuesto a responder al mensaje.
