Nostalgia y perspectiva

Como contaba en mi artículo anterior, he estado de viaje este verano, perdiéndome por trayectos inciertos y cruzándome con personas muy diferentes, lo cuál me sirvió para ampliar la perspectiva y reflexionar sobre las rarezas de esta época en la que nos ha tocado hacer como que vivimos.

Viendo como está el panorama por ahí, una de las cosas que me llaman la atención es que parece que habitamos una sociedad que idolatra la juventud con la misma desesperación con la que algunos intentamos parar el tiempo a veces. Es como si se hubiera convertido la inmadurez en una especie de ideología muy lucrativa. Es como si fuera el refugio perfecto para el adulto —por edad— que quiere seguir disfrutando de la irresponsabilidad de un crío, pero con la tarjeta de crédito y la autonomía de un mayor de edad.

Hace poco, Mex me pasó por redes uno de esos vídeos generados por inteligencia artificial que recrean —con un romanticismo bastante patético, hay que admitirlo— cómo era la infancia en los años noventa. Lo curioso no es que el video hablara de la infancia que podrían tener en otro país, sino que todo lo que salía en él terminaba resultando extrañamente familiar, como propio incluso. Y caí en la cuenta, comprendiendo que la nostalgia contemporánea ya no es un sentimiento íntimo porque se ha convertido en una especie de catálogo de productos descatalogados y estéticas retro utilizadas como recurso publicitario. Si se piensa en frío, esos vídeos no son un simple homenaje al pasado porque parecen más anuncios de cosas que intentan venderse de nuevo.

Toda esta movida sentimental podría verse como un negocio del dolor del pasado. Si nos paramos a analizarlo, funciona bajo la misma lógica de los productos de consumo rápido, buscando no reflejar la verdad, sino inyectarte una versión hipervitaminada y falsa que consiga que la gente abra la cartera. Esto es lo que Baudrillard decía sobre que los signos terminan por devorar a la realidad en un ciclo donde empezamos viendo un pescado real, luego nos sirven un filete empanizado, más tarde aceptamos nuggets con forma de pececito y, al final, pues nos tragamos una galleta industrial con sabor químico a algo que jamás salió del mar. Es decir, que parece que la gente se ha vuelto tan adicta al envoltorio que ya no importa tanto lo que haya dentro.

El cine y la cultura pop llevan años haciendo exactamente lo mismo. Los grandes estudios ya no arriesgan su dinero contando historias sinceras y mas creativas, ahora parece que se dedican a explotar una y otra vez las mismas marcas famosas y de éxito asegurado. Por eso las películas son cada vez más infantiles, bien calculaditas al milímetro para no ofender a nadie y poder vender juguetes en los centros comerciales. El resultado son productos de usar y tirar —recordemos la diferencia entre consumir y devorar sin digerir, que diría Bauman—. Versiones descafeinadas que no respetan la memoria del original ni aporta nada nuevo, diseñadas exclusivamente para grabar la marca en las nuevas generaciones antes de que tengan tiempo de descubrir lo que era una historia de verdad. Esto, como decía, convierte el arte en un producto de consumo rápido, tan previsible y vacío que, al final, lo único que nos queda es ese título de lo que un día significó algo.

Lo fascinante es ver cómo ahora los modernos se compran teléfonos móviles de principios de siglo para desconectar del enganche de las pantallas, pasando totalmente de la ironía de que esos mismos aparatos tambien nos atrapaban, solo que de otra forma. Es decir, nenes, cambiamos de cacharro, pero la movida sigue siendo la misma.

Uno sabe de sobra que la memoria traiciona y que el pasado nunca fue tan perfecto como lo pintamos, pero con este presente y un aparente porvenir tan frío, mirar atrás me parece de sentido común. Acordarse de los que ya no están, de momentos irrepetibles y de los pequeños detalles que hoy quizás brillan por su ausencia no es vivir atrapados como algunos cretinos del optimismo y el desapego forzados pretenden hacernos creer con sus discursitos, sino que es una forma muy digna de intentar protegerse de los días que corren.

A pesar de todo —acordándome de una charla reciente con mi amiga y podría decirse que tambien «profe» Viki—, me parece reconfortante ver que la memoria personal, cuando es auténtica, no necesita el logotipo de una marca o multinacional para tener valor. Quizás al final, lo único irrepetible que tenemos es aquello que el mercado todavía no ha conseguido replicar. Y pensando sobre esto, dejo una pregunta que me surje para terminar ¿cuál es tu recuerdo más valioso, ese que de verdad te pone los pies en la tierra, sin estar atado a ninguna marca o producto, a ninguna franquicia, película ni a ninguna serie?

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